sábado, 22 de marzo de 2014
Había algo más en cada frase que nos decíamos. Dos o tres palabras se quedaban sin voz, sin embargo se transmitían. Era un escudo fabricado de realidad, de distancia y miedo que paraba el sonido, pero no el mensaje, y el tiempo y las ganas lo habían vuelto transparente. Percibíamos otro lenguaje paralelo al que podíamos oír. Todos los días quedábamos frente a ese cristal y todos los días se hacía más fino.
Una vez nos quedamos mirándonos fijamente y no hizo falta decir nada, al tiempo que esa lámina que nos separaba pareció volverse hielo al calor del fuego intenso que emanaba desde dentro de nosotros y salía por los ojos. Así, desde mi punto de vista, el color al otro lado era más vivo, sus ojos más penetrantes, su piel más apetecible, y sin embargo la pared helada derritiéndose deformaba su esbelta figura que ansiaba devorar. Me dispuse a romper el bloque de una patada; quería poseer cada ínfima parte de su cuerpo y de su alma. Saborear su esencia por fuera y por dentro. Volverme loco fundiéndome con ella. Tomé carrerilla y tropecé con una grieta que había en el suelo bajo el vidrio y me di de bruces contra el muro helado de realidad, distancia y miedo. La sangre corrió por mi cara y la visión se torno rojiza y borrosa.
Comprendí que esa grieta, que era más bien un foso, estaba hecha de impaciencia. Ella vio lo sucedido y dio un pasó atras. Mi herida cerró y pasaron los días igual que al principio, poco a poco, con palabras inaudibles que entendíamos. Hicimos un pacto en secreto y con el mismo silencio, forjado en una complicidad inolvidable: que el tiempo nunca ahogaría del todo las llamas y el destino decidiría, y mientras levantásemos puentes y derribáramos muros, nunca dejaríamos de ser nosotros.
Por Tanatos.
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