lunes, 4 de noviembre de 2013

De niño mayor


Noche helada de Noviembre. El cielo llora sobre tu ventana todos mis sueños por cumplir. Como un niño solo y desamparado derrama lágrimas sin cesar y ellas quieren tocarte... no... quieren atravesar el cristal y mojarte, absórbelas por tu piel, que sean parte de ti.

Cuando yo era un niño, imaginaba a veces cómo vería cada cosa siendo un mayor de esos que lo sabían todo. Hoy imagino cómo lo vería siendo ese niño que fui. Como el
cielo llorando, que por la mañana era risueño, alegre y sus colores de oro y fuego reflejados en el mar tensaban la sonrisa como ese niño que recien despertaba.

El brillo metálico del Sol llegaba y atravesaba la arena mojada que yo agujereaba de huellas mientras corría. En mi primera vuelta vi mis propias huellas de la ida y miraba de lado imaginando que eran las tuyas que dibujabas conmigo. Era un deseo agradable y místico, vacío de dolor y miedo, lleno de cariño y pasión. Aceleré el ritmo de las
piernas después de mi corazón, hasta que me dejé caer donde el agua apenas me masajeaba los pies y ahí te vi cayendo sobre mí, dejándome sin el poco aire, que recargué cargado del aroma de tu pelo. Fue aquel un sueño muy real que crecía hoy como el torbellino que fuimos en la arena. Y así, entre besos y arena, sudor y risas, el Sol cambiaba su tono que yo veía en tu piel de caramelo y ojos de paraíso. Eso sería la risa del niño.

Fue una mezcla de sueño y recuerdo, de verdad y mentira, de un
pasado idealizado y de un futuro ambicioso, de amor y guerra, que cambiaba con el color del cielo, tal como pasó, tal como quería imaginarlo.

Nos tatuamos el alma con el nombre del otro, pintamos la arena con nuestros cuerpos en sendos dibujos abstractos que eran obras a la alegría, al ralentí del tiempo alargando cada segundo. Nos mojamos de amor en una mar en calma que se fue agitando. Y entre el agua y la espuma me dejé llevar a donde no alcanzan los sentidos. Y viaje mucho en el tiempo y en la distancia, parando uno, acortando otra o al revés. Crucé océanos de dudas y desiertos de impaciencia, hasta montañas de heridas, que mi fé apartó de un plumazo para recorrer contigo todas las maravillas de la Tierra.

Así me tocó el rocío elevándose hacia las primeras nubes bajo un cielo gris plateado y sentí el frío, sentí las olas y sentí tu ausencia. Se me cayó una lágrima que la nube absorvió con el resto del agua. La misma lágrima esparcida en ínfimas
partículas, llenando cada gota de lluvia. Y miré la misma Luna que se reflejaba en tu ventana. La mirabas ahora a través del cristal, ella sola y tú melancólica, pactasteis por un segundo abrir la ventana. De pronto sonó el timbre y un chico empapado aguardaba en tu puerta.

Ese es el sueño del niño.



Por Tanatos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario